La casa entera retumbó con la llamada de Lola. Era casi como el timbre de un recreo. Llevaba muchas horas de deberes internos y aunque estuviese a punto de despejarme un rato con Jorge, necesitaba también el patio de Lola. Algo en esa llamada me olía a uvas y champagne.
Contárselo a Jorge no había sido un error, pero su escepticismo me desilusionó un poco. Yo ya sabía dónde me estaba metiendo y probablemente ya supiera las palabras exactas con las que Jorge me obsequiaría. Supongo que en parte acudí a él por eso. Buscaba un cubo de agua fría que me trajese a la realidad. A pesar de todo, el agua estuvo demasiado tibia y el cubo medio vacío. Si bien me desahogué entre cubo y cubo, regresé con la misma sensación. Creo que podía confirmarlo: había dejado acojonado a Jorge.
Lola fue la siguiente. Apareció con la ya mítica botella de champagne, el racimito de uvas y su pijama. Todo un cuadro. Yo la recibí no menos elegante con Rana a hombros. El abrazo fue inminente e inevitable. Ella también tenía algo que contarme. Subimos al ático y no dejé que abriésemos la boca sin antes brindar por el mero hecho de estar uno frente al otro tomando un par de uvas. Uva por historia, ése era el cambio. Soltábamos todo lo que tuviésemos dentro y después nos comíamos unas uvas; era como si al masticar y tragarlas los problemas se digiriesen con ellas. Luego nos limpiábamos con unos sorbitos de champagne. A la hora, solíamos estar cantando.
Esta vez dejé que Lola empezase.
- ¿Recuerdas a Fran verdad?
- ¿El mismo Fran del que llevas 6 meses sin saber y con el que nos has mareado medio año la existencia? Vagamente – Me resultaba imposible dejar los comentarios sarcásticos en momentos así. Realmente me superaba y creo que ella lo agradecía.
- Creerás que estoy loca…
- Créeme, nada puede asombrarme a estas alturas de la película.
- Bueno. No sé cómo explicarlo, pero es como si lo sintiese cerca. Y no me refiero a que me acuerde de él con las cosas que haga, que también; es como si de repente estuviese con él. A veces incluso creo oler su perfume. Es como si tuviese una fuerte necesidad interior que me obliga a recordarlo, como una conexión que me acerca a él y me avisa de que está cerca. Incluso miro por la ventana creyendo que está afuera esperándome…
- Ay…amiga…lo que necesitas es un buen…
- ¡Darío! ¡Hablo en serio!
- Vale… No sé, ya te dije que te habías obsesionado demasiado con Fran. Es verdad que conectasteis nada más veros y que era genial, cariñoso, un sol… pero así como vino se fue y ni se molestó en llamarte, ni en buscarte –Lola comía uvas, comenzaba a digerir y olvidar problemas- ni siquiera un mensaje, una nota… ¿crees que lo fuera que le estaba pasando le hubiese quitado tanto tiempo como para no escribirte un mísero mensaje al móvil? Escondía algo Lola, admítelo ya. Jugó contigo. Punto. Es hora de pasar página.
- Pero esto así de repente… esto no me pasaba antes Darío, y estuve mucho peor que ahora. Intenté incluso llamarlo… pero el número ya no existe… Siento como que si estuviese volviendo… y no sé si quiero verlo.
- Hablas como si supieses el futuro…Tiene gracia.
- Sí, una gracia bárbara. Mírame: en pijama con una copa de champagne, unas uvas y creyéndome la bruja Lola.
Nos miramos y empezamos a partirnos de risa. Hacía tiempo que no me reía así. Era como si intentase expulsar con la risa todas las preocupaciones que me bloqueaban, como si con cada carcajada olvidase un problema. Era, cuanto menos, sano.
Me tocaba a mí comer uvas.
- En serio, digo que tiene gracia porque… porque…
- Ay no te hagas de rogar Darío.
- …Anoche tuve un sueño. Un sueño de los más reales que puedas imaginarte. Estábamos todos. Llorábamos. Nos odiábamos. Podía sentir mi propia rabia y el dolor de todos nosotros. Estábamos en lo alto de algún tipo de acantilado, lo cierto es que me resulta familiar. Leo estaba histérico, gritaba, sólo gritaba. Tú… tú estabas en el suelo llorando como una perdida, parecías culparte por algo, quizás por lo que fuera que le pasase a Leo. Golpeabas tan fuerte el suelo que hasta te hiciste sangre. Te levantaste y corriste hacia él… pero Leo… Leo… - era imposible mantener la entereza.
- Tranquilo Darío… - su mano me curo la espalda.
- Leo se tiró por el acantilado antes de que pudieses siquiera tocarlo. Yo te agarré la mano porque ibas tras él. Y me desperté… Sé que suena enfermizo, pero me desperté con la mano empapada en sangre.
Al oír esto último Lola enmudeció.
- Lola no había herida… y en el sueño tus manos sangraban…
- Pero eso es imposible… Darío, es imposible… tiene que haber otra explicación. ¿Seguro que era sangre?
- Yo me levanté nada más verlo y fui a limpiarme. Lola… estoy casi seguro… no sé… no creo que nadie me quisiese gastar una broma tan macabra… Estoy asustado. Nunca había vivido un sueño de esta manera… ¿Te ha pasado algo así alguna vez?
- Come anda. Ahora te toca olvidar a ti.
Seguimos con nuestro ritual de masticación de historias e ingestión de medias verdades. En cierto modo, fue divertido; divertido en el modo en el que omites que todo lo que pretendes olvidar mañana volverá a llamar a tu puerta. Pero esa pequeña pizca de ignorancia que nos brindaba el champagne era recibida con los brazos más que abiertos.
Lulú estaba abajo ya… así que tuvimos que olvidar nuestro micromundo paralelo y adentrarnos un poquito en el real - digo un poquito porque las burbujas ya nos hacían ver las cosas algo más doradas.
Y nos fuimos los tres cantando en nuestras fantasías y algo más felices. Habíamos quedado con Jorge en la estación para irnos a Toledanos con los demás. Jorge parecía algo más protector conmigo desde lo de esta mañana. Me repateaba, aunque adoro sentirme arropado, es una de esas cosas que te provocan sentimientos opuestos. Inexplicable.
Montados en el tren, ya un poco más relajados, me dio por mirar al suelo. Me vi los pies, nunca me gustaron tan grandes. Como un flash vi mis pies descalzos sobre hierba. Erguí la cabeza, les miré. Vi sus caras como en aquel maldito sueño. Lágrimas y odio. Me asusté… pero no les dije nada, no quería hablar otra vez de lo mismo. El silencio fue mi mejor opción, o eso creía…
No sé por qué costaba creer tanto en aquello. Quizás yo tenía demasiados pájaros en la cabeza y me habían atiborrado tanto a cuentos de hadas y finales felices en mi infancia que mi vida se había convertido en uno. Era cierto, me estaba obsesionando. Quizás la lucha por la originalidad me había llevado a estos extremos y buscaba ya algo místico en una mera pesadilla cuyo único poder era poner vellos de punta y provocar gritos en la noche. Intenté que me invadiese el buen rollo de los chicos pero el viaje se me hacía muy largo. Yo seguía callado.
Les volví a mirar… Estaban preocupados por mi silencio, me lo decían sus ojos. Mendigué comprensión con los míos… quizás ninguno de los dueños de aquellos ojos lograría entenderme nunca, éramos distintos a pesar de que siempre nos gustó creer que por nuestras venas corría la misma sangre perdida rojozorraputa… pero lo cierto era que cada uno tenía la suya… y puede que allí estuviese diluida la respuesta. La sangre no mentía, ni miraba raro… mucho menos sangre matriarca… ésa había vivido mucho, demasiado. En ella podría estar la clave. Verla me guiaría por el laberinto o al menos me daría algo de luz, que para como estábamos ya era bastante.
Y toda esta reflexión, típica reflexión de viaje de metro, hizo que me absorbiese en mi mundo y aumentase la preocupación de los tres santos que viajaban conmigo.
Desperté de mi letargo cuando me golpeó un par de ojos curiosos que se cruzaron conmigo. Eran profundos, oscuros. Parecían escanearme, como máquinas programadas para analizar. Me incomodaban, pero a la vez me atraían. Me imantaban, no podía dejar de mirarlos. Eran extrañamente familiares, siniestros y morbosos al mismo tiempo. Sonreí. Me sonrió. Quizás todo esto pasó en milésimas de segundo pero para mí se detuvo el mundo; y con él, el vagón. Me levanté hacia él dispuesto a… realmente no sé muy bien a qué. Pero la gente se descongeló de pronto, con su prisa y sus ganas de llegar a tiempo y una avalancha de cabezas, brazos y piernas se interpuso entre dos miradas. Una conexión quebrada con la facilidad con la partes una rama seca. Pude incluso oír el chasquido.
Clic.
Pasó la estampida y sólo quedó un hueco vacio. Ésta, señores, era mi suerte. Quedé inmóvil, de pie y con mi alma en el suelo. La historia de mi vida. Menuda estupidez.
El apremio de mis amigos me hizo regresar al planeta tierra.
-¡Darío qué! ¿Nos movemos? Los demás estarán ya que trinan – Lulú se moría de ganas por abandonar aquel vagón y dar por finalizado aquel insufrible trayecto. No estaba muy bien, se le notaba. A decir verdad, nadie lo estaba.
Al fin llegamos a nuestro antro de perdición… El camino me pareció eterno. Metros que llegan, metros que se van. Estómagos llenos de litros. Problemas fuera y problemas dentro. Y aquí estoy de charla en el baño con mi propio reflejo. Desbarrando y hablando de nada conmigo mismo. El vino siempre me hace divagar. Divagar, cantar, bailar, hacer el ridículo, ya sabes espejito, tú me conoces bien. Todo en exceso y, si me apuras, soy capaz de hacerlo todo a la vez. Pero mi querido reflej… Toca callar alguien entra y no creo que verme hablar solo pueda acreditarme como cuerdo. Esos ojos… los reconocería en cualquier sitio… Los estoy mirando descaradamente a través del espejo y parece como si el cristal multiplicase su poder para petrificarme. Nunca tuve disimulo. Me hielan. Me cortan la respiración y no puedo moverme. Parezco ridículo. Pero habla algo, di algo imbécil. Y tú qué, te vas a quedar mirando el reflejo de mi mirada toda la noche, pues así estaremos hasta que nos echen. ¿Dónde vas? Serás imbécil. ¡¡¡¡Espera!!!! ¿Pero por qué pienso y no hablo? Tengo que dejar de beber.
-Espera. Espera por favor.
Venga sal, sal. Corre. Quítate de delante. Joder, mira que hay gente. No, no tropieces. Maldito vino…
-¡Espera! ¡¡Tú!! ¡¡tú!! – sería más fácil si supiera su nombre – ¡¡El del metro espera!!
Mierda. Más vino encima, la camiseta ya había cambiado de color para siempre.
-Lo siento, lo siento. Disculpa.
Pero y ahora te marchas. ¿Pero dónde vas desconocido? ¿Por qué huyes? Pues no te vas a escapar, voy detrás de ti. ¿Y los demás? Ya los llamo ahora. No puede escaparse. ¿Por qué me miró así? ¿Por qué no dijo nada y se fue corriendo? ¿Dónde estará? ¿Es ese? Corre, corre Darío. Corre.
-AAhhh! – Mierda. Persecución y alcohol. Mala idea – Ay, mi rodilla… menudo golpe más tonto.
-Sí. La verdad – Es él, ¿se está riendo de mí?
-¿Te hace gracia? ¿Por qué corres? ¿De qué te conozco?
-Jejeje… Bueno eres bastante cómico. Realmente no estaba corriendo tanto… Creo que no calculas bien.
-Puede ser… aunque no creo que sea el único – sus ojos están achispados, y dios, tiene una sonrisa preciosa - ¿Quién eres? Yo me llamo…
-Darío – me quedo blanco, sabe mi nombre. Algo se retuerce en mi estómago - Yo soy… bueno, en fin… Te vi antes en el metro y… bueno es extraño pero…
-Genial más extrañezas.
-¿Más? ¿Un día difícil o qué?
-Un día diferente. Pero bueno, no importa ¿qué decías?
-Nada, una larga historia. Olvídalo.
-Tengo toda la noche señor Desconocido – no puedo evitar tontear un poco, el vino manda - ¿Por qué me conoces?
-Es que verás…
-FUEEERA DE AQUÍI – El dueño del bar ya está echando borrachos.
-Joe, que susto… ¿Por dónde ibas? – no había nadie ya.
¿Puede ser verdad que se haya esfumado? Quizás no quería que nos viese nadie… Podía ser un degenerado. No, no, algo en sus ojos me decía que no mentía. Y ¿ahora qué hago? ¿Vuelvo dónde éstos? No, tengo que encontrarlo. Tiene que explicarme de qué me conoce. Al menos tiene que darme su mail. Ya puestos que me dé su móvil ¿no? A lo mejor es muy directo… Camina Darío. Camina…
…
Maldito sol… Malditas campanas. Qué dolor. Retumbáis en mi cabeza y me taladráis desde dentro. ¿Pero qué hora es? Que alguien las pare quiero dormir. Un momento, ¿campanas? Pero, ¿pero qué hago? Hostias. ¿Pero dónde estoy? Ay dios. ¿Pero qué?, ¿qué es esto? Una plaza. Estoy en un banco… Ay madre… la he vuelto a liar. ¿Pero por qué bebes tanto…? No tengo móvil. No tengo cartera. ¿Qué es esto? Un papel… Espera, es un número… 651498688…
Darío