Nunca había visto tanto odio junto en tan poco sitio. Se respiraba con cada brisa de aire que intentaba sin éxito aliviarme y despertarme de aquello que no podía ser más que un sueño. Podría incluso amarrar con mis manos ese odio, tirar de él y acercarme más a los que me rodeaban. Quería llorar. Si por mí fuese me dejaría caer de rodillas y lloraría hasta que ya no me quedase ni una lágrima por derramar…y aún así seguiría llorando sangre hasta secarme…
Aquella era cuanto menos una situación surrealista. Leo en el medio gritando como si de repente no supiese hablar de otra manera. Nos chillaba sin fin…como si quisiera matarnos a gritos. Parecía que ni siquiera necesitaba tomar aire o quizás es que yo estaba ya tan dolorido que ya sólo oía un fondo monótono una y otra vez. Estaba fuera de sí. Si hace tres años me dicen que esa persona que estaba viendo enajenarse de aquel modo tan poco sano era el muchacho inocentón que se sentaba a mi lado, habría salido corriendo de allí con todas mis fuerzas… Fuerzas… Sí, fuerzas…Ojalá las tuviese ahora. Ver a los demás en un estado semejante al que yo me encontraba, con la misma ausencia en los ojos e idénticas expresiones en el rostro no me ayudaba. Me resigné. Comencé a llorar y, aunque lo hacía a menudo, esta vez era distinto. Aquellas gotas abrasaban mis mejillas; quizás me sentía en parte culpable, todos lo éramos, todos extendimos nuestros brazos para empujarlo poquito a poquito hasta ese oscuro límite en el que se encontraba. No sabía qué se le estaría pasando por la cabeza, podría ser cualquier cosa. Eso era lo que me daba miedo. Ese pánico aterrador me petrificaba y paralizaba. Y comencé a mirar a los que estaban como yo. Oscuros, tristes y rodeados de una negra sombra que parecía poseernos… Era el pesar, el arrepentimiento, las ganas fallidas de intentar arreglar las cosas. Era un perdón sin nombre, impronunciable. Nadie se atrevía a decirlo porque nadie lo sentía suyo y paradójicamente, a la vez, lo sentíamos tan nuestro como yo sentía la mano que golpeaba una y otra vez contra mi pierna, como si ese gesto me eximiese de todo o me hiciese un poco menos visible.
Lola no lo resistió más. Se dejó caer bruscamente, pero estábamos tan ensimismados que ni le dimos importancia. Aporreó el suelo una y otra vez hasta que le sangraron los puños. Algo la inquietaba más que al resto, debía ser un monstruo enorme porque cada puñetazo que daba era más fuerte. No tardamos en ver como el tinte escarlata se derramaba por sus palmas y oscurecía las piedras. Parecía no sentir dolor. Al menos dolor físico, porque creo k nunca vi sufrimiento mayor. Me asusté todavía más. Pero Leo parecía calmarse poco a poco…como si ver a Lola en tal trance le aliviase o fuese algún tipo de macabra recompensa.
No entendía nada. Sólo que daba gracias por volver a oír algo que no fuese aquel espanto de voz alzada. Aunque, después de dos segundos, hubiese preferido mil veces quedarme sordo a empezar a escuchar uno tras otro los sollozos de todos. Jorge se resignaba a hacerlo, pero aquellos ojos marinos empapaban más por sí solos que todas las lágrimas del mundo…aunque no tardó en romper. Pero fue una ola silenciosa, no quería ser oída, no quería atención; sólo pasar desapercibido, ceder el protagonismo al de enfrente. Hoy nadie quería aquel papel. Lulú era la más fría roca de todos nosotros, gélida como el témpano más puntiagudo; huía del dolor siempre que podía, pero ahora era incapaz. Te sientes así cuando es el mismísimo Dolor el que llama a tu puerta tan incesantemente y más siendo su rostro tan familiar. Aún así fue la última en unirse a aquellos que podíamos parecer los plañideros más patéticos de la tierra, o al menos el cuadro que dibujábamos era esperpéntico. Cualquiera con un dedo de frente huiría al siquiera oír aquella vieja histriónica melodía, al oler aquella putrefacción humana. El terror enmarcaba nuestro cuadro. No podía ver mucho más… los demás estaban borrosos…pero vistos a los que me rodeaban… podía imaginarme si quisiese todas y cada una las líneas de aquellos rostros. Todos estábamos allí para bien o para mal.
Pum. Pum. Pum.
Sólo se oían los golpes amortiguados por las piedras de las manos encarnadas de Lola.
Pum. Pum. Pum.
Podía sentir aquel dolor. Lo juro. Cada golpe era una puñalada. Pero el shock era colectivo.
Pum, pum, pum. Ahora más rápido.
Eran ya como latidos. Eran todos nuestros corazones sensatos que habían decidido tomar la iniciativa por nosotros y, al menos, unirnos juntos de algún modo, porque parecía que años y años luz eran los que nos separaban unos de los otros.
Pum. Pum. Pum.
Silencio.
Uno más. Pum.
Perecía el definitivo.
Silencio.
De pronto, como si todas las lágrimas la hubiesen llenado de energía. Se levantó corriendo hacia Leo con las manos ensangrentadas y dejando en aquel que había sido su asiento durante minutos insufribles, una marca imborrable para la historia de aquellas piedras. Como por reflejo y repelido por una misma polaridad, Leo echó a correr. Corrió hasta el vacío. Hasta el precipicio que nos separaba de las olas que rugían incansables. En un segundo entero, sólo un segundo, pudo mirar atrás, dedicarnos una tímida sonrisa y saltar de un modo extrañamente elegante al vacío. Me dio tiempo de agarrar la mano ensangrentada de Lola para impedir que repitiese aquella escena de desconcierto. Sentí su dolor como una maza en el pecho.
Pum.
Pum.
Pum.
Ese último estruendo lo oscureció todo. Abrí los ojos ahogados entre lágrimas. Pero estaba tumbado, recostado con mi peso sobre un insípido colchón. Unas sábanas empapadas de sudor y una almohada embebida en lágrimas me dieron la respuesta. Un sueño. Una horrible e inexplicable pesadilla. Pero era tan real… Tan vívido… Me hervían todavía los ojos de haber llorado y aquel dolor me permeaba por completo. Me ardía la cabeza como nunca antes. Llevé mi mano a la frente para secar aquella mezcla de miedo que recorría mi cara. Una sensación horrible me invadió, noté que mi mano resbalaba por mi sien. Miré mi palma. Sangre. Roja sangre de hierro. Me quedé mudo, sordo, inmóvil, incluso ciego. Perdí mis sentidos. Sólo notaba aquel dolor de una pérdida que no era pérdida y olía la sangre que no era sangre. Pero empapaba igual. Hice por dormir, pero la mano me temblaba. ¿Cómo podía ser…? Sangre.
Darío
No hay comentarios:
Publicar un comentario