Un secreto que jamás debió ser contado ha salido a la luz.
Disfruta de cada línea hasta ser testigo del acogedor misterio que envuelve a Lola.

sábado, 24 de julio de 2010

Capítulo 5: Ojos, metros y campanadas

La casa entera retumbó con la llamada de Lola. Era casi como el timbre de un recreo. Llevaba muchas horas de deberes internos y aunque estuviese a punto de despejarme un rato con Jorge, necesitaba también el patio de Lola. Algo en esa llamada me olía a uvas y champagne.

Contárselo a Jorge no había sido un error, pero su escepticismo me desilusionó un poco. Yo ya sabía dónde me estaba metiendo y probablemente ya supiera las palabras exactas con las que Jorge me obsequiaría. Supongo que en parte acudí a él por eso. Buscaba un cubo de agua fría que me trajese a la realidad. A pesar de todo, el agua estuvo demasiado tibia y el cubo medio vacío. Si bien me desahogué entre cubo y cubo, regresé con la misma sensación. Creo que podía confirmarlo: había dejado acojonado a Jorge.

Lola fue la siguiente. Apareció con la ya mítica botella de champagne, el racimito de uvas y su pijama. Todo un cuadro. Yo la recibí no menos elegante con Rana a hombros. El abrazo fue inminente e inevitable. Ella también tenía algo que contarme. Subimos al ático y no dejé que abriésemos la boca sin antes brindar por el mero hecho de estar uno frente al otro tomando un par de uvas. Uva por historia, ése era el cambio. Soltábamos todo lo que tuviésemos dentro y después nos comíamos unas uvas; era como si al masticar y tragarlas los problemas se digiriesen con ellas. Luego nos limpiábamos con unos sorbitos de champagne. A la hora, solíamos estar cantando.

Esta vez dejé que Lola empezase.

- ¿Recuerdas a Fran verdad?

- ¿El mismo Fran del que llevas 6 meses sin saber y con el que nos has mareado medio año la existencia? Vagamente – Me resultaba imposible dejar los comentarios sarcásticos en momentos así. Realmente me superaba y creo que ella lo agradecía.

- Creerás que estoy loca…

- Créeme, nada puede asombrarme a estas alturas de la película.

- Bueno. No sé cómo explicarlo, pero es como si lo sintiese cerca. Y no me refiero a que me acuerde de él con las cosas que haga, que también; es como si de repente estuviese con él. A veces incluso creo oler su perfume. Es como si tuviese una fuerte necesidad interior que me obliga a recordarlo, como una conexión que me acerca a él y me avisa de que está cerca. Incluso miro por la ventana creyendo que está afuera esperándome…

- Ay…amiga…lo que necesitas es un buen…

- ¡Darío! ¡Hablo en serio!

- Vale… No sé, ya te dije que te habías obsesionado demasiado con Fran. Es verdad que conectasteis nada más veros y que era genial, cariñoso, un sol… pero así como vino se fue y ni se molestó en llamarte, ni en buscarte –Lola comía uvas, comenzaba a digerir y olvidar problemas- ni siquiera un mensaje, una nota… ¿crees que lo fuera que le estaba pasando le hubiese quitado tanto tiempo como para no escribirte un mísero mensaje al móvil? Escondía algo Lola, admítelo ya. Jugó contigo. Punto. Es hora de pasar página.

- Pero esto así de repente… esto no me pasaba antes Darío, y estuve mucho peor que ahora. Intenté incluso llamarlo… pero el número ya no existe… Siento como que si estuviese volviendo… y no sé si quiero verlo.

- Hablas como si supieses el futuro…Tiene gracia.

- Sí, una gracia bárbara. Mírame: en pijama con una copa de champagne, unas uvas y creyéndome la bruja Lola.

Nos miramos y empezamos a partirnos de risa. Hacía tiempo que no me reía así. Era como si intentase expulsar con la risa todas las preocupaciones que me bloqueaban, como si con cada carcajada olvidase un problema. Era, cuanto menos, sano.

Me tocaba a mí comer uvas.

- En serio, digo que tiene gracia porque… porque…

- Ay no te hagas de rogar Darío.

- …Anoche tuve un sueño. Un sueño de los más reales que puedas imaginarte. Estábamos todos. Llorábamos. Nos odiábamos. Podía sentir mi propia rabia y el dolor de todos nosotros. Estábamos en lo alto de algún tipo de acantilado, lo cierto es que me resulta familiar. Leo estaba histérico, gritaba, sólo gritaba. Tú… tú estabas en el suelo llorando como una perdida, parecías culparte por algo, quizás por lo que fuera que le pasase a Leo. Golpeabas tan fuerte el suelo que hasta te hiciste sangre. Te levantaste y corriste hacia él… pero Leo… Leo… - era imposible mantener la entereza.
- Tranquilo Darío… - su mano me curo la espalda.

- Leo se tiró por el acantilado antes de que pudieses siquiera tocarlo. Yo te agarré la mano porque ibas tras él. Y me desperté… Sé que suena enfermizo, pero me desperté con la mano empapada en sangre.

Al oír esto último Lola enmudeció.

- Lola no había herida… y en el sueño tus manos sangraban…

- Pero eso es imposible… Darío, es imposible… tiene que haber otra explicación. ¿Seguro que era sangre?

- Yo me levanté nada más verlo y fui a limpiarme. Lola… estoy casi seguro… no sé… no creo que nadie me quisiese gastar una broma tan macabra… Estoy asustado. Nunca había vivido un sueño de esta manera… ¿Te ha pasado algo así alguna vez?

- Come anda. Ahora te toca olvidar a ti.

Seguimos con nuestro ritual de masticación de historias e ingestión de medias verdades. En cierto modo, fue divertido; divertido en el modo en el que omites que todo lo que pretendes olvidar mañana volverá a llamar a tu puerta. Pero esa pequeña pizca de ignorancia que nos brindaba el champagne era recibida con los brazos más que abiertos.

Lulú estaba abajo ya… así que tuvimos que olvidar nuestro micromundo paralelo y adentrarnos un poquito en el real - digo un poquito porque las burbujas ya nos hacían ver las cosas algo más doradas.

Y nos fuimos los tres cantando en nuestras fantasías y algo más felices. Habíamos quedado con Jorge en la estación para irnos a Toledanos con los demás. Jorge parecía algo más protector conmigo desde lo de esta mañana. Me repateaba, aunque adoro sentirme arropado, es una de esas cosas que te provocan sentimientos opuestos. Inexplicable.

Montados en el tren, ya un poco más relajados, me dio por mirar al suelo. Me vi los pies, nunca me gustaron tan grandes. Como un flash vi mis pies descalzos sobre hierba. Erguí la cabeza, les miré. Vi sus caras como en aquel maldito sueño. Lágrimas y odio. Me asusté… pero no les dije nada, no quería hablar otra vez de lo mismo. El silencio fue mi mejor opción, o eso creía…

No sé por qué costaba creer tanto en aquello. Quizás yo tenía demasiados pájaros en la cabeza y me habían atiborrado tanto a cuentos de hadas y finales felices en mi infancia que mi vida se había convertido en uno. Era cierto, me estaba obsesionando. Quizás la lucha por la originalidad me había llevado a estos extremos y buscaba ya algo místico en una mera pesadilla cuyo único poder era poner vellos de punta y provocar gritos en la noche. Intenté que me invadiese el buen rollo de los chicos pero el viaje se me hacía muy largo. Yo seguía callado.

Les volví a mirar… Estaban preocupados por mi silencio, me lo decían sus ojos. Mendigué comprensión con los míos… quizás ninguno de los dueños de aquellos ojos lograría entenderme nunca, éramos distintos a pesar de que siempre nos gustó creer que por nuestras venas corría la misma sangre perdida rojozorraputa… pero lo cierto era que cada uno tenía la suya… y puede que allí estuviese diluida la respuesta. La sangre no mentía, ni miraba raro… mucho menos sangre matriarca… ésa había vivido mucho, demasiado. En ella podría estar la clave. Verla me guiaría por el laberinto o al menos me daría algo de luz, que para como estábamos ya era bastante.

Y toda esta reflexión, típica reflexión de viaje de metro, hizo que me absorbiese en mi mundo y aumentase la preocupación de los tres santos que viajaban conmigo.

Desperté de mi letargo cuando me golpeó un par de ojos curiosos que se cruzaron conmigo. Eran profundos, oscuros. Parecían escanearme, como máquinas programadas para analizar. Me incomodaban, pero a la vez me atraían. Me imantaban, no podía dejar de mirarlos. Eran extrañamente familiares, siniestros y morbosos al mismo tiempo. Sonreí. Me sonrió. Quizás todo esto pasó en milésimas de segundo pero para mí se detuvo el mundo; y con él, el vagón. Me levanté hacia él dispuesto a… realmente no sé muy bien a qué. Pero la gente se descongeló de pronto, con su prisa y sus ganas de llegar a tiempo y una avalancha de cabezas, brazos y piernas se interpuso entre dos miradas. Una conexión quebrada con la facilidad con la partes una rama seca. Pude incluso oír el chasquido.

Clic.

Pasó la estampida y sólo quedó un hueco vacio. Ésta, señores, era mi suerte. Quedé inmóvil, de pie y con mi alma en el suelo. La historia de mi vida. Menuda estupidez.
El apremio de mis amigos me hizo regresar al planeta tierra.

-¡Darío qué! ¿Nos movemos? Los demás estarán ya que trinan – Lulú se moría de ganas por abandonar aquel vagón y dar por finalizado aquel insufrible trayecto. No estaba muy bien, se le notaba. A decir verdad, nadie lo estaba.

Al fin llegamos a nuestro antro de perdición… El camino me pareció eterno. Metros que llegan, metros que se van. Estómagos llenos de litros. Problemas fuera y problemas dentro. Y aquí estoy de charla en el baño con mi propio reflejo. Desbarrando y hablando de nada conmigo mismo. El vino siempre me hace divagar. Divagar, cantar, bailar, hacer el ridículo, ya sabes espejito, tú me conoces bien. Todo en exceso y, si me apuras, soy capaz de hacerlo todo a la vez. Pero mi querido reflej… Toca callar alguien entra y no creo que verme hablar solo pueda acreditarme como cuerdo. Esos ojos… los reconocería en cualquier sitio… Los estoy mirando descaradamente a través del espejo y parece como si el cristal multiplicase su poder para petrificarme. Nunca tuve disimulo. Me hielan. Me cortan la respiración y no puedo moverme. Parezco ridículo. Pero habla algo, di algo imbécil. Y tú qué, te vas a quedar mirando el reflejo de mi mirada toda la noche, pues así estaremos hasta que nos echen. ¿Dónde vas? Serás imbécil. ¡¡¡¡Espera!!!! ¿Pero por qué pienso y no hablo? Tengo que dejar de beber.

-Espera. Espera por favor.

Venga sal, sal. Corre. Quítate de delante. Joder, mira que hay gente. No, no tropieces. Maldito vino…

-¡Espera! ¡¡Tú!! ¡¡tú!! – sería más fácil si supiera su nombre – ¡¡El del metro espera!!

Mierda. Más vino encima, la camiseta ya había cambiado de color para siempre.

-Lo siento, lo siento. Disculpa.

Pero y ahora te marchas. ¿Pero dónde vas desconocido? ¿Por qué huyes? Pues no te vas a escapar, voy detrás de ti. ¿Y los demás? Ya los llamo ahora. No puede escaparse. ¿Por qué me miró así? ¿Por qué no dijo nada y se fue corriendo? ¿Dónde estará? ¿Es ese? Corre, corre Darío. Corre.

-AAhhh! – Mierda. Persecución y alcohol. Mala idea – Ay, mi rodilla… menudo golpe más tonto.

-Sí. La verdad – Es él, ¿se está riendo de mí?

-¿Te hace gracia? ¿Por qué corres? ¿De qué te conozco?

-Jejeje… Bueno eres bastante cómico. Realmente no estaba corriendo tanto… Creo que no calculas bien.

-Puede ser… aunque no creo que sea el único – sus ojos están achispados, y dios, tiene una sonrisa preciosa - ¿Quién eres? Yo me llamo…

-Darío – me quedo blanco, sabe mi nombre. Algo se retuerce en mi estómago - Yo soy… bueno, en fin… Te vi antes en el metro y… bueno es extraño pero…

-Genial más extrañezas.

-¿Más? ¿Un día difícil o qué?

-Un día diferente. Pero bueno, no importa ¿qué decías?

-Nada, una larga historia. Olvídalo.

-Tengo toda la noche señor Desconocido – no puedo evitar tontear un poco, el vino manda - ¿Por qué me conoces?

-Es que verás…

-FUEEERA DE AQUÍI – El dueño del bar ya está echando borrachos.

-Joe, que susto… ¿Por dónde ibas? – no había nadie ya.

¿Puede ser verdad que se haya esfumado? Quizás no quería que nos viese nadie… Podía ser un degenerado. No, no, algo en sus ojos me decía que no mentía. Y ¿ahora qué hago? ¿Vuelvo dónde éstos? No, tengo que encontrarlo. Tiene que explicarme de qué me conoce. Al menos tiene que darme su mail. Ya puestos que me dé su móvil ¿no? A lo mejor es muy directo… Camina Darío. Camina…



Maldito sol… Malditas campanas. Qué dolor. Retumbáis en mi cabeza y me taladráis desde dentro. ¿Pero qué hora es? Que alguien las pare quiero dormir. Un momento, ¿campanas? Pero, ¿pero qué hago? Hostias. ¿Pero dónde estoy? Ay dios. ¿Pero qué?, ¿qué es esto? Una plaza. Estoy en un banco… Ay madre… la he vuelto a liar. ¿Pero por qué bebes tanto…? No tengo móvil. No tengo cartera. ¿Qué es esto? Un papel… Espera, es un número… 651498688…

Darío

martes, 22 de junio de 2010

Capítulo 4: Huída

Salimos corriendo del baño, las caras de desconcierto de todos eran notorias y yo estaba alcanzando niveles de preocupación patológicos. Sin embargo, algo me llamó la atención sobre el resto. Lola estaba absorta en sus pensamientos, ajena al resto del mundo mientras tecleaba en su móvil. Me acerqué sin pensármelo dos veces y se lo quité de las manos, necesitaba llamar y rara vez el saldo de mi móvil era positivo. Marqué el número de Darío. Apagado. Todos mis presentimientos se estaban haciendo realidad…

Las sirenas me sacaron de mi estado de shock, alguien había llamado a la policía. El resto de la noche fue como el recuerdo de mi peor pesadilla.


8 días después…
Esa mañana había quedado con Leo para averiguar algo nuevo en la investigación de Darío, tal y como llevábamos haciendo una semana. La policía no avanzaba nada con el caso y yo empezaba a plantearme lo peor.

Me pasé toda la tarde tirado en la cama escuchando un CD que me había dejado Marta, el último de La oreja de Van Gogh, hasta que a eso de las 8 y media cuando la claridad empezaba a disminuir oí un golpe que me sacó de mi ensimismamiento. Algo estaba golpeando mi ventana. Me asomé sin saber con certeza qué encontraría hasta que… sí, su melena rubia brillaba bajo los rayos del ocaso. Bajé corriendo las escaleras sin entender qué hacía Darío bajo mi ventana, pero no me importaba. Sólo quería abrazarle, sentir que había vuelto. Cuando salí del portal le pude ver mejor, llevaba el pelo enmarañado y se le adivinaban unas ojeras bajo sus alegres ojos. Me acerqué corriendo y tras unos minutos de saludos le pregunté dónde había estado. Tragó saliva y rompió el silencio con una voz meditabunda, no era su voz juvenil de siempre.

- Jorge, verás…

Jorge

lunes, 21 de junio de 2010

Capítulo 3: Uvas y champagne

Amigos. Siempre están ahí. Responden a tu señal de socorro incluso antes de que empieces a trasmitirla. Es algo que se siente, algo visceral. Yo ya sabía que algo no marchaba bien, así que no me sorprendió que el móvil me despertase a altas horas de la madrugada. Avancé a tientas hacia el bolso, tropezando con cada objeto que se encontrase al alcance de mi pie descalzo, confundiendo el punzante dolor con las sacudidas nerviosas producidas por el frío y los presentimientos. Apenas descolgué pude percibir la entrecortada respiración de Lulú, trataba de decirme algo, sin embargo sus nervios le traicionaban y cada vez que articulaba una palabra completa, volvía a los balbuceos sin sentido.

- Lulú, ¿estás bien? Lulú, escúchame…

- Lola… Lola… Tengo algo que contar, y no sé por dónde ni por quién empezar… Lola… Esto… Creo que… Leo... Creo que es un secreto…

- Lulú, sabes que puedes confiar en mí…

- Sí, lo sé, pero… ¿Acaso lo sabes ya? ¿Leo te lo ha dicho? ¡Dime que no! ¡Dímelo!

- ¿Decir qué? Lulú, Lulú, ¿decir qué?

- Yo no sabía si… No quería… No iba a hacerlo… Pero…

- ¿Qué has hecho? ¡Por favor, dímelo! ¡Sabes que te ayudaré, sea lo que sea!

- Esto… - su respiración se normalizó bruscamente para dar paso a una voz segura- No importa. Es una tontería. De verdad. Ahora me reiría de mí misma.

- Lulú…

- Bah, estoy bien, ha sido una tontería, no tiene importancia, de verdad. Habrá sido por el estrés de los exámenes que ya no sé ni qué me pasa… Mañana tenemos que vernos todos y así celebramos el fin de… ¡El fin de exámenes! ¡Hasta mañana, Lola!

Colgó. No me dio tiempo ni a replicar ni a despedirme. Pero ahora la que no se encontraba bien era yo. Ahora la que necesitaba a un amigo era yo. Marqué el primer número que pude recordar.

- ¿Darío? ¿Te he despertado? Sé que es muy temprano, pero necesito hablar con alguien… ¿Podemos vernos?

- No, no te preocupes, justo acababa de despertarme. He quedado con Jorge en media hora, ¿nos vemos después? ¿Quieres que vaya yo para allá?

- No, no… Gracias, mejor voy yo a ver si me despejo un poco con el frío…


Uvas, champagne. Un pijama y una bata. Así llegué a la casa de Darío. Él ya me estaba esperando en la puerta con Rana al cuello. Apenas nos saludamos percibí el nerviosismo en él. Al parecer hoy ninguno de nosotros estaba bien. Subimos arriba, descorchamos el champagne y comimos uvas. Era algo que hacíamos siempre que necesitábamos hablar, algo que comenzó en una fiesta de fin de año. Era nuestro ritual del optimismo. Tras horas de risas, canciones y marujeo, todos nuestros problemas parecieron insignificantes. Realmente, las cosas parecen más importantes por la noche.


Bien entrada la tarde recibimos un mensaje de Lulú, nos esperaba abajo para la última salida, así pues salimos con todo nuestro repertorio de Disney y Moulin Rouge a encontrarnos con Jorge.

Una vez en el local, las carcajadas eran nuestro estribillo. Mientras desentonábamos cantando “Al amanecer”, noté la vibración insistente del móvil sobre mi pierna. Se me heló la sonrisa cuando reconocí la llamada entrante. No me lo esperaba. Era una llamada que llevaba seis meses sin esperar y ahí estaba el número, parpadeando insensible en la pantalla.

Lola

domingo, 20 de junio de 2010

Capítulo 2: Malos augurios

Odio madrugar, pero aquella mañana el penetrante y molesto ruido del despertador lo oía lejano, como un susurro inentendible que se iba acercando. Las cervezas que me tomé la noche anterior con Leo aun me mantenían en ese estado de entumecimiento cerebral. Apagué el despertador suplicando que una ola de frío hubiera enterrado mi casa bajo toneladas de nieve durante la madrugada. Levanté la persiana y maldije en todos los idiomas que pude. Tenía que darme prisa, había quedado con Darío. Me duché con agua fría para calmar en parte la resaca, me tomé el café mientras que de la radio emanaba la dulce voz de Corina y su último éxito en la lista de los 40 y bajé corriendo las escaleras con un bollo en la mano. Una vez más llegaba tarde.
Tras media hora de viaje, me bajé en Chamartín y empecé a buscar a Darío por el andén. Había demasiada gente. Cada choque con el resto de viajeros me hundía más en ese humor que me hace querer matar a alguien, pero ese día no. Darío me había mandado un sms a las tantas de la mañana, quería hablar conmigo. Finalmente vi su melenita rubia entre la muchedumbre, le vi sentado, cabizbajo. Algo turbio le rondaba la cabeza.

- Ey Darío, ¿que tal todo? ¿Cómo andas?

- Jorge, vamos a otro sitio y te cuento.

Joder, parecía más serio de lo que pensaba.
Tras unos minutos andando llegamos a una cafetería, no nos habíamos dirigido la palabra desde que nos encontramos en el andén. Fueron unos minutos eternos.
Nos sentamos, me miró y la profundidad de sus ojos marrones me heló la sangre. Comenzó a hablar.

- Jorge, siento la espera pero estoy muy alterado. Anoche tuve un sueño, el sueño más real que se pueda tener.

- Bueno, a veces pasa. No creo q sea para preocuparse tanto.

- No tienes ni idea. Era mucho más que un sueño, yo estaba allí. Todos estábamos allí… - sus palabras resonaron en mi cabeza sin sentido alguno- Vas a pensar que estoy loco, más loco de lo normal pero necesito hablarlo con alguien.

- Dime, sabes que puedes confiar en mí.

- Todos llorábamos… Lola estaba muy mal, creo que estaba en un problema muy serio y Leo… Leo no paraba de gritar desconsolado… -Darío empezó a llorar…- Y tú…

- No te preocupes tío, es sólo un sueño.

Darío respiró profundamente antes de concluir con un contundente:
- Creo que vi el futuro…


Volví a casa preocupado, nunca había visto a nadie tan triste y menos por algo que aun no ha pasado. Tenía que sacarle una sonrisa así que rápidamente abrí el tuenti y organicé una salida al garito al que solíamos ir: Los Toledanos. Esa noche tenía que ser perfecta…


Llegó la hora. Salí de mi portal con la incertidumbre pintada en el rostro. Había quedado con Darío para ir juntos en el metro y la verdad es que no paraba de darle vueltas a su cruento relato de la mañana. Sólo quería que esa noche fuera la que llevábamos tanto tiempo esperando después de una oscura época de enclaustramiento por los estudios. Nos la merecíamos. Me la merecía.
Llegué con 10 minutos de adelanto, no quería hacerle esperar. No, esa noche no. A los pocos minutos le vi en la lejanía, no venía solo. Lola y Lulú caminaban a su lado, y me tranquilizó escuchar la melodía de “Bajo el mar”. Era un clásico en nuestras salidas. Al llegar a mi lado, me di cuenta de que a Darío le había cambiado la cara. Ya no desprendía nerviosismo, la fiesta había borrado sus angustias al menos durante unas horas. Justo lo que buscaba.

-Perdidooooooooooooosss!!! – nos saludó una multitud desde el otro lado del bar.

En seguida comenzó el baile de jarras llenas de kalimotxo, la cámara no dejaba de cegarnos con su potente flash, las risas inundaban hasta el último rincón y sólo las borderías del camarero nos cortaban un poco el rollo (pero muy poco). Los metros de bebida iban y venían, estaba siendo una noche legendaria, pero de repente me quedé petrificado. Me pareció ver a una persona saliendo del local que… No podía ser. Rápidamente agarré a Leo del brazo y tiré con fuerza de él hacia el baño, teníamos que hablar.

-Leo, acaba de pasarme algo muy tenso…

-Tranquilízate tío, a ver cuéntame.

-Es una larga historia… - le conté el encuentro de esa mañana con Darío- y creo que me estoy volviendo loco.

-¿Pero qué tiene que ver el sueño de Darío con todo esto¿?

-¿No te das cuenta? ¡¡¡Todo está relacionado!!! Sé que cuesta creerlo pero realmente lo más increíble de esta historia es que Darío me lo advirtió. Y yo acabo de sentirlo, esa sensación de haber visto a ese tío en algún sitio en otra dimensión o vida paralela. Y creo que sé dónde ha sido, en el sueño que Darío me ha contado esta mañana.

♫♪ This is how you remind me ♪ ♫

La música de mi móvil rompió la magia del momento
Marta me acababa de mandar un sms:

Jorg dnd stas? Dario a dsaparecid

Jorge

sábado, 19 de junio de 2010

Capítulo 1: Sangre al aire

Nunca había visto tanto odio junto en tan poco sitio. Se respiraba con cada brisa de aire que intentaba sin éxito aliviarme y despertarme de aquello que no podía ser más que un sueño. Podría incluso amarrar con mis manos ese odio, tirar de él y acercarme más a los que me rodeaban. Quería llorar. Si por mí fuese me dejaría caer de rodillas y lloraría hasta que ya no me quedase ni una lágrima por derramar…y aún así seguiría llorando sangre hasta secarme…
Aquella era cuanto menos una situación surrealista. Leo en el medio gritando como si de repente no supiese hablar de otra manera. Nos chillaba sin fin…como si quisiera matarnos a gritos. Parecía que ni siquiera necesitaba tomar aire o quizás es que yo estaba ya tan dolorido que ya sólo oía un fondo monótono una y otra vez. Estaba fuera de sí. Si hace tres años me dicen que esa persona que estaba viendo enajenarse de aquel modo tan poco sano era el muchacho inocentón que se sentaba a mi lado, habría salido corriendo de allí con todas mis fuerzas… Fuerzas… Sí, fuerzas…Ojalá las tuviese ahora. Ver a los demás en un estado semejante al que yo me encontraba, con la misma ausencia en los ojos e idénticas expresiones en el rostro no me ayudaba. Me resigné. Comencé a llorar y, aunque lo hacía a menudo, esta vez era distinto. Aquellas gotas abrasaban mis mejillas; quizás me sentía en parte culpable, todos lo éramos, todos extendimos nuestros brazos para empujarlo poquito a poquito hasta ese oscuro límite en el que se encontraba. No sabía qué se le estaría pasando por la cabeza, podría ser cualquier cosa. Eso era lo que me daba miedo. Ese pánico aterrador me petrificaba y paralizaba. Y comencé a mirar a los que estaban como yo. Oscuros, tristes y rodeados de una negra sombra que parecía poseernos… Era el pesar, el arrepentimiento, las ganas fallidas de intentar arreglar las cosas. Era un perdón sin nombre, impronunciable. Nadie se atrevía a decirlo porque nadie lo sentía suyo y paradójicamente, a la vez, lo sentíamos tan nuestro como yo sentía la mano que golpeaba una y otra vez contra mi pierna, como si ese gesto me eximiese de todo o me hiciese un poco menos visible.

Lola no lo resistió más. Se dejó caer bruscamente, pero estábamos tan ensimismados que ni le dimos importancia. Aporreó el suelo una y otra vez hasta que le sangraron los puños. Algo la inquietaba más que al resto, debía ser un monstruo enorme porque cada puñetazo que daba era más fuerte. No tardamos en ver como el tinte escarlata se derramaba por sus palmas y oscurecía las piedras. Parecía no sentir dolor. Al menos dolor físico, porque creo k nunca vi sufrimiento mayor. Me asusté todavía más. Pero Leo parecía calmarse poco a poco…como si ver a Lola en tal trance le aliviase o fuese algún tipo de macabra recompensa.

No entendía nada. Sólo que daba gracias por volver a oír algo que no fuese aquel espanto de voz alzada. Aunque, después de dos segundos, hubiese preferido mil veces quedarme sordo a empezar a escuchar uno tras otro los sollozos de todos. Jorge se resignaba a hacerlo, pero aquellos ojos marinos empapaban más por sí solos que todas las lágrimas del mundo…aunque no tardó en romper. Pero fue una ola silenciosa, no quería ser oída, no quería atención; sólo pasar desapercibido, ceder el protagonismo al de enfrente. Hoy nadie quería aquel papel. Lulú era la más fría roca de todos nosotros, gélida como el témpano más puntiagudo; huía del dolor siempre que podía, pero ahora era incapaz. Te sientes así cuando es el mismísimo Dolor el que llama a tu puerta tan incesantemente y más siendo su rostro tan familiar. Aún así fue la última en unirse a aquellos que podíamos parecer los plañideros más patéticos de la tierra, o al menos el cuadro que dibujábamos era esperpéntico. Cualquiera con un dedo de frente huiría al siquiera oír aquella vieja histriónica melodía, al oler aquella putrefacción humana. El terror enmarcaba nuestro cuadro. No podía ver mucho más… los demás estaban borrosos…pero vistos a los que me rodeaban… podía imaginarme si quisiese todas y cada una las líneas de aquellos rostros. Todos estábamos allí para bien o para mal.
Pum. Pum. Pum.
Sólo se oían los golpes amortiguados por las piedras de las manos encarnadas de Lola.
Pum. Pum. Pum.
Podía sentir aquel dolor. Lo juro. Cada golpe era una puñalada. Pero el shock era colectivo.
Pum, pum, pum. Ahora más rápido.
Eran ya como latidos. Eran todos nuestros corazones sensatos que habían decidido tomar la iniciativa por nosotros y, al menos, unirnos juntos de algún modo, porque parecía que años y años luz eran los que nos separaban unos de los otros.
Pum. Pum. Pum.
Silencio.
Uno más. Pum.
Perecía el definitivo.
Silencio.
De pronto, como si todas las lágrimas la hubiesen llenado de energía. Se levantó corriendo hacia Leo con las manos ensangrentadas y dejando en aquel que había sido su asiento durante minutos insufribles, una marca imborrable para la historia de aquellas piedras. Como por reflejo y repelido por una misma polaridad, Leo echó a correr. Corrió hasta el vacío. Hasta el precipicio que nos separaba de las olas que rugían incansables. En un segundo entero, sólo un segundo, pudo mirar atrás, dedicarnos una tímida sonrisa y saltar de un modo extrañamente elegante al vacío. Me dio tiempo de agarrar la mano ensangrentada de Lola para impedir que repitiese aquella escena de desconcierto. Sentí su dolor como una maza en el pecho.

Pum.

Pum.

Pum.

Ese último estruendo lo oscureció todo. Abrí los ojos ahogados entre lágrimas. Pero estaba tumbado, recostado con mi peso sobre un insípido colchón. Unas sábanas empapadas de sudor y una almohada embebida en lágrimas me dieron la respuesta. Un sueño. Una horrible e inexplicable pesadilla. Pero era tan real… Tan vívido… Me hervían todavía los ojos de haber llorado y aquel dolor me permeaba por completo. Me ardía la cabeza como nunca antes. Llevé mi mano a la frente para secar aquella mezcla de miedo que recorría mi cara. Una sensación horrible me invadió, noté que mi mano resbalaba por mi sien. Miré mi palma. Sangre. Roja sangre de hierro. Me quedé mudo, sordo, inmóvil, incluso ciego. Perdí mis sentidos. Sólo notaba aquel dolor de una pérdida que no era pérdida y olía la sangre que no era sangre. Pero empapaba igual. Hice por dormir, pero la mano me temblaba. ¿Cómo podía ser…? Sangre.

Darío